domingo, 9 de octubre de 2011

Un breve paseo por la historia de Irlanda

La ejecución de toda novela histórica requiere muchas horas de investigación y documentación; aunque Éxodo negro se ambienta en una época relativamente cercana a la nuestra, no por ello me he dormido en los laureles en cuanto a recopilar información. Llevo casi dos años buscando y archivando bibliografía y artículos que se relacionen de algún modo con la historia que pretendo contar, y que me ayuden y ayuden al lector asimismo a comprenderla mejor. Éste que os presento hoy en el blog es uno de ellos, probablemente uno de los más extensos, sino el que más. A través de estas líneas la autora da un breve repaso a la historia de Irlanda. Mientras estudiaba literatura irlandesa tropecé con él y me pareció muy adecuado para situar al lector en uno de los escenarios clave de la trama. Es en Irlanda donde todo empieza...


© Beatriz Villacañas

Lengua, literatura y conflicto
La literatura irlandesa constituye un fenómeno extraordinariamente peculiar al que han contribuido, de forma decisiva razones históricas a las que es imprescindible referirse. Hay que tener presente que la historia de Irlanda está marcada por una presencia inglesa de más de ochocientos años, que supuso, además de otros innumerables efectos, la progresiva implantación del inglés en un territorio en el que la lengua autóctona era el irlandés o gaélico, idioma perteneciente a la rama celta del indoeuropeo. Desde el siglo XII, en el que anglonormandos (normandos afincados en Inglaterra) llegaron a Irlanda acudiendo a la llamada de uno de sus reyes locales, MacMurchada, para que lo ayudaran militarmente a convertirse en rey de todo el país, la presencia inglesa en la llamada «isla Esmeralda» ha sido constante y decisiva hasta una independencia definitiva que no habría de llegar hasta el siglo XX. Con los anglonormandos, MacMurchada consiguió su objetivo, pero, en 1171, Enrique II, rey normando de Inglaterra, se proclama asimismo rey de Irlanda, con lo que ambos países van a estar regidos por una misma corona. Los anglonormandos se asentaron definitivamente en Irlanda constituyendo un sector social y políticamente poderoso que instituyó en el país la ordenación jurídica y el sistema parlamentario ingleses. Aunque la presencia anglonormanda en Irlanda fue determinante en el curso de su historia y supuso el comienzo de la dominación inglesa en la isla, dicha presencia fue relativamente incruenta, pues los anglonormandos no establecieron sistemas represores de las costumbres autóctonas, sino que, muy al contrario, se adaptaron a las costumbres y modos de la población nativa, con lo que se llegó a decir que se hicieron «más irlandeses que los mismos irlandeses».
Fue a partir del siglo XVI, con la dinastía de los Tudor, cuando tiene lugar la verdadera colonización de Irlanda por parte de la poderosa isla vecina. Enrique VIII, insatisfecho con aquellos señores anglonormandos que, asentados en Irlanda desde el siglo XII, se habían gaelizado hasta el punto de cortar amarras políticas y culturales con la corona inglesa, emprendió una serie de violentas campañas militares encaminadas a producir un implacable asentamiento de colonos ingleses en Irlanda, previa forzosa expropiación de tierras a sus anteriores propietarios. Estas campañas serían continuadas con éxito por su hija y sucesora Isabel I, cuyas tropas consiguieron una victoria definitiva en la batalla de Kinsale, 1601, frente a los irlandeses y anglonormandos, que, ayudados por España, lucharon por la independencia de su país.
Puede decirse que, en parte desde el siglo XII, pero sobre todo, a partir del siglo XVI, el idioma irlandés va a ir perdiendo terreno frente al inglés, pues este último, al ser la lengua del pueblo colonizador, se impondrá como lengua oficial. El idioma autóctono se mantendría más tiempo vivo en el ámbito rural y en aquellas zonas geográficamente más alejadas de los centros de influencia, es decir, en la Irlanda profunda del oeste y suroeste, siendo los reductos de habla irlandesa conocidos con el nombre de gaeltacht. Dadas las anteriores circunstancias, la literatura del país que nos ocupa comprende dos grandes ámbitos lingüísticos. Por un lado, el de la literatura en lengua gaélica, compuesta de un rico y hermosísimo corpus mitológico, de sagas y héroes que son el resultado de toda una concepción del mundo por parte del pueblo celta. Por otro lado, el corpus de la literatura irlandesa escrita en inglés, que es el tema del presente estudio. Esta literatura comienza a escribirse a principios del siglo XVIII, llega hasta nuestros días y ha dado figuras y obras de extraordinaria relevancia no sólo en el plano nacional, sino también en el universal. Poetas como William Butler Yeats, Patrick Kavanagh o Seamos Heaney, dramaturgos como Oscar Wilde, George Bernard Shaw, John Millington Synge, Sean O’Casey, Samuel Beckett, y novelistas como Mary Edgeworth, William Carleton y James Joyce ocupan un destacadísimo puesto en la Literatura con mayúsculas y sin fronteras. Éstos, además de otras figuras, menos conocidas pero igualmente de gran relevancia, serán protagonistas de estas páginas. Junto con la importancia del hecho literario que trasciende las fronteras de cualquier país concreto, es absolutamente necesario tener en cuenta los factores de tipo contextual que, en mayor o menor grado, configuran y determinan la literatura de un país concreto llamado Irlanda, en cuyo territorio, debido a su particular, compleja y turbulenta historia, se ha venido, y se continúa produciendo, una literatura altamente contextualizada para cuya comprensión, e incluso también disfrute, es preciso siempre no perder de vista la realidad histórico-social de una tierra que durante tantos siglos ha vivido inmersa en el conflicto.

La Irlanda celta
Irlanda se ha asociado tradicionalmente con los celtas, algo perfectamente lógico si tenemos en cuenta que las primeras migraciones celtas llegaron a la isla en el siglo VI a.C., produciéndose otras olas migratorias a lo largo de varios siglos. El sustrato celta ha pervivido dejando en el país, como impronta fundamental, la lengua gaélica y un importantísimo corpus mitológico-literario. Sin embargo, incluso antes de la colonización inglesa a la que ya nos hemos referido, el conflicto, como sucede en la historia general de los pueblos, ha sido el factor predominante. Fueron los celtas quienes se impusieron sobre los anteriores moradores de la isla, de los que prácticamente nada se sabe. No puede decirse que los romanos dejaran allí su impronta, pues éstos apenas vislumbraron la isla, a la que dieron en llamar Hibernia, o tierra del invierno, debido a las abundantes brumas y lluvias de un lugar con un clima tan absolutamente oceánico. El cristianismo, sin embargo, sí dejó una impronta de extraordinaria importancia y está asociado a la figura de un santo de origen bretón, Patricio, quien llegó a Irlanda primero como niño cautivo, para más tarde escapar y volver como obispo, consiguiendo una total cristianización, debido a la cual florecería una riquísima cultura ligada a los monasterios que habían surgido en abundancia como resultado del proceso de cristianización. Entre los siglos V y VII, esta cultura monástica produjo bellísimos manuscritos ilustrados, orfebrería religiosa (cálices, báculos), y fue tal su alcance en los estudios de orden espiritual que a este período se le ha denominado Edad de Oro de Irlanda. Tanto es así, que los monjes irlandeses ejercieron una notable labor de evangelización, en Inglaterra y en países del continente europeo, fundando monasterios en ambos casos. Dentro de la isla, los monasterios, al ser centros de riqueza y cultura, aglutinaron a su alrededor núcleos de población de considerable tamaño. Dos de ellos, Clonmacnoise y Glendalough, son en la actualidad centros de peregrinación religioso-cultural. Estos núcleos de población eran algo inexistente en la Irlanda celta, pues ésta era una sociedad de carácter eminentemente rural, con una economía agraria y regido por las leyes «Brehon», código basado en la familia extensa («Fine») como unidad social y, como hemos visto, en la «Tuath» (pequeño reino) como unidad política.
Si con el cristianismo la religión druídica perdió su preponderancia entre los celtas irlandeses, no debemos olvidar que, como es habitual, aunque una religión se imponga a otra, esto no significa que la erradique, pues normalmente se produce un proceso de interactuación en el que elementos de ambas coexisten, integrándose los de la religión relegada al ámbito espiritual de la dominante. Los celtas cristianizados mantuvieron vivas sus creencias en los espíritus de los bosques —las hadas—, en la magia y en el poder de determinados individuos, no necesariamente monjes cristianos, como interlocutores con lo desconocido. Esto es algo que no sólo está aún presente en la forma de ver el mundo de los irlandeses de las zonas rurales más remotas, sino también, de diferentes maneras, en ejemplos de la literatura irlandesa desde sus comienzos hasta nuestros días.
La Irlanda celta, antes de la llegada de los primeros ingleses, habría de sufrir asimismo una oleada de invasiones cuya importancia histórica fue de gran alcance. Se trata de las invasiones vikingas. Los vikingos llegaron a la isla en el año 800, produciéndose nuevas invasiones a lo largo de casi doscientos años. Tradicionalmente asociadas con la violencia y el pillaje, las invasiones vikingas de Irlanda tuvieron efectos muy diferentes entre sí. Por un lado, los vikingos contribuyeron de forma decisiva al declive de la cultura monástica, pues no sólo saquearon los monasterios de forma implacable, sino que propiciaron su irreversible desgaste con sus asedios y sus batallas con la población nativa. Por otro lado, fueron los vikingos grandes comerciantes, quienes, con un ánimo mercantil del que los celtas no habían hecho gala, fundaron las principales ciudades de la isla. Waterford, Cork, Limerick y Dublín son algunas de las ciudades irlandesas que deben su origen a los vikingos.
A los vikingos no les resultó difícil vencer a los celtas irlandeses, pues la profusión de diminutos reinos y la falta de una estructura político-militar cohesionada facilitó el avance de los primeros. No obstante, a finales del siglo X, emergió una nueva dinastía en la provincia de Munster, de la que fue rey Brian Boru, quien venció a los vikingos de forma aplastante en el año 999: a partir de entonces, éstos fueron perdiendo terreno y poder en la historia política irlandesa. La figura del líder vencedor, junto con el hecho histórico por él propiciado, son unos referentes de la Irlanda celta que, como ha sido la tónica general, permanecen presentes en la cultura y la literatura del país.

Colonización e independentismo
Irlanda ha sido una colonia británica durante siglos. Todavía hoy seguimos diciendo «Islas Británicas» para referirnos conjuntamente a Irlanda y Gran Bretaña. Pero la Irlanda del sur, o Eire, ya no forma parte del Reino Unido: es un país independiente y una república. A esta independencia, no obstante, se ha llegado tras innumerables luchas que se han prolongado durante una larguísima historia de colonización. Irlanda del Norte, Ulster, sin embargo, sigue siendo británica, con lo que se da la complicada circunstancia de que en una misma isla, de reducidas dimensiones y escasa población por añadidura, existen dos países distintos. Cómo se ha llegado a tal situación es algo que se hace necesario exponer, aun de forma somera, pues, como ya hemos dicho, no puede entenderse la literatura irlandesa sin tener un conocimiento básico de su agitada y peculiar historia.
Hemos visto que los primeros ingleses en llegar a Irlanda son aquellos anglonormandos que, en el siglo XII, acudieron en ayuda de un rey local y se quedaron definitivamente. No puede hablarse, sin embargo, de verdadera colonización hasta el siglo XVI, pues los intereses de los monarcas de la dinastía Tudor no pasaban por la idea de que sus súbditos se afincasen en la isla adquiriendo los modos y costumbres de la población nativa. A estos monarcas les interesaba una conquista total y la anexión de Irlanda a su reino. Los colonos ingleses se establecieron allí y, por medio de las armas, se convertirían en dueños de la tierra, tendrían el poder y, lejos de gaelizarse como habían hecho sus predecesores, serían fieles a la corona inglesa e incluso intentarían imponer su religión, el protestantismo, a los irlandeses.
Puede decirse que la historia de Irlanda se ha caracterizado por una continua lucha contra los colonizadores ingleses. Los irlandeses, junto con los gaelizados descendientes de anglonormandos, lucharon contra las tropas enviadas a su isla por Enrique VIII e Isabel I. Tras la anteriormente aludida batalla de Kinsale, Inglaterra se impone como país colonizador y, desde ese momento, su administración no cejó en el intento de imponer el protestantismo en Irlanda, algo que no consiguió debido a que los irlandeses lo asociaban con la política opresora de sus colonizadores, mientras que el catolicismo era, consecuentemente, una seña de independencia e identidad nacional. La excepción la constituyó el Ulster, donde la corona inglesa consiguió establecer un poderoso y nutrido asentamiento de presbiterianos escoceses. El vínculo de Irlanda del Norte con lo que hoy se conoce como el Reino Unido de Gran Bretaña, al que hasta la fecha pertenece, arranca, pues, de principios del siglo XVII.
Si las campañas militares emprendidas por los Tudor contra la población irlandesa fueron violentas, la llegada de Cromwell al poder supuso un recrudecimiento de las mismas. En su intento de dominar definitivamente a los nativos que no cesaban en sus luchas contra el invasor, mandó arrasar todo edificio que fuese abadía, monasterio o castillo, y no dudó en recurrir a la masacre de la población civil para, a través del terror, acabar con cualquier foco de resistencia. Ciudades como Drogheda, Cork, Wexford o Limerick fueron víctimas de estas masacres, de las que dan fe los documentos históricos y las ruinas de abadías, monasterios y castillos que todavía se contemplan en muchos lugares del país. No es de extrañar que el nombre de Cromwell se haya asociado tradicionalmente con el mal en la imaginación colectiva irlandesa y es significativo el que un poeta contemporáneo como Brendan Kennelly haya titulado uno de sus libros de poemas con el nombre de tan siniestra figura, libro, por lo demás, alejado de todo maniqueísmo y caracterizado, junto con el elemento trágico presente, por abundantes dosis de humor negro.
Continuando con esta férrea política de colonización, en el siglo XVIII, el Parlamento Británico promulgó una serie de leyes encaminadas a conseguir el sometimiento total de la población nativa católica, leyes que configuraron la denominada Legislación Penal (Penal Laws), por la que los irlandeses se vieron privados completamente de cualquier derecho ciudadano, como el acceso a la educación, si, en lugar de convertirse al protestantismo, permanecían aferrados a su religión católica. La mayoría católica irlandesa fue sistemáticamente desposeída, mientras que todo el poder se concentró en la pequeña colonia protestante de origen inglés (The Protestant Ascendancy). No obstante, dos acontecimientos cruciales de las últimas décadas del siglo XVIII impulsaron en Irlanda intereses independentistas. Estos dos acontecimientos son, naturalmente, la Guerra Americana de Independencia y la Revolución Francesa. Fueron precisamente los miembros de la Ascendancy, los angloirlandeses, quienes presionaron al Parlamento Británico con el fin de conseguir medidas de autogobierno. En 1782 se consiguió la independencia del Parlamento Irlandés, instalado en Dublín y, de forma gradual, fueron derogándose las opresivas leyes de la Legislación Penal.
En 1791 se fundó la sociedad llamada «Los Irlandeses Unidos» (The United Irishmen), que, según se desprende de su propio nombre, acuña por primera vez un concepto de identidad nacional aglutinadora: irlandés es aquel que haya nacido en Irlanda, independientemente de su procedencia o credo religioso. Los líderes más destacados fueron mayoritariamente protestantes de origen colonial, tales como Wolfe Tone o Robert Emmet. En el año 1798 «Los Irlandeses Unidos» organizaron una rebelión armada con el doble fin de unir a católicos y protestantes y de cortar ataduras con Inglaterra. La rebelión fue suprimida y el resultado inmediato fue la supresión del Parlamento Irlandés por la llamada «Acta de Unión».
El siglo XIX comienza, por tanto, con lo que en principio supone un retroceso en la lucha independentista: por la mencionada «Acta de Unión», promulgada en 1801, Irlanda deja de tener parlamento propio. Sin embargo, el compromiso independentista, con el sacrificio personal de figuras como Wolfe Tone, Robert Emmet, o Edward Fitzgerald, va a mantenerse activo y combativo de forma constante. En 1823, un jurista católico, Daniel O’Connell, va a fundar «La Asociación Católica» (The Catholic Association), para presionar por la consecución de la libertad religiosa para los católicos. El éxito de O’Connell fue tal, que, convertida en un masivo movimiento político, «La Asociación Católica» obligó al Parlamento de Londres a conceder la llamada «Emancipación Católica» (Catholic Emancipation) por la que se erradicaba la legislación opresiva contra los católicos. Una nueva insurrección independentista tendría lugar en 1848, que, como la que había tenido lugar cincuenta años antes, fracasó militarmente, pero fue decisiva, como en el caso de su predecesora, para mantener viva la lucha independentista.
También hacia la mitad del siglo XIX ocurriría en Irlanda un hecho trágico de importantísimas repercusiones: la Gran Hambruna o Hambre de la Patata, que tuvo lugar durante tres años consecutivos, 1846, 1847 y 1848, debido a una plaga que arruinó la cosecha de este cultivo. La Gran Hambruna diezmó la población irlandesa de forma singular, tanto por el hambre como por la enfermedad y la emigración a la Inglaterra industrial y a Norteamérica fundamentalmente: esta emigración masiva es parte importantísima de la diáspora del pueblo irlandés, una diáspora alimentada de continuas emigraciones a diferentes lugares y que, en el campo de la literatura, va a tener, como una de sus últimas manifestaciones, la famosa novela Angela’s Ashes (Las cenizas de Ángela), escrita en Estados Unidos por el irlandés Frank McCourt.

martes, 4 de octubre de 2011

Dramatis personae. Los protagonistas

© Julia Siles Ortega. 2011


Siempre había querido escribir una historia de mellizos; una en la que fueran protagonistas absolutos: héroes y heroínas de su tiempo, vapuleados por la vida, fuertes y orgullosos, y, sobre todo: dueños únicos de su destino. Y de ese deseo latente nació esta novela. En un principio debió ser una novela actual, de nuestro siglo, ambientada a caballo entre Inglaterra e Irlanda… pero una parte de mí quería hacer algo absolutamente Romántico, como un experimento literario puntual porque a mí la novela romántica al uso no me sale ni a la de tres, y pensé: ¿Existe acaso otro siglo más Romántico que el s. XIX?
Para acabarlo de rematar, un buen día de principios del año pasado recordé el episodio de la hambruna irlandesa de mediados de siglo y todo lo que había conllevado: pobreza, exilio y muerte. Y lo tuve. El germen de Éxodo negro, y al mismo tiempo: el título. Conseguí trazar el itinerario ideal de la historia que quería contar… a grandes —y flexibles— rasgos. Ahora sólo faltaban los personajes.
En esta historia, cómo no, es imperativo hablar del sistema de clases en una sociedad todavía tan jerarquizada como la británica, con unas líneas muy claras de separación entre una clase y la inmediatamente superior o inferior. Por ello nos hallamos en el «caso típico» de ricos y pobres, tan común y familiar en la literatura victoriana del siglo. Encontramos en Éxodo negro a dos parejas de mellizos: los irlandeses Jonathan y Jade Wilde. Y los norteamericanos —de origen escocés— Owen y Ravel Osborne.
Como habrá adivinado el lector sin mucha dificultad, los irlandeses son los «pobres» y los neoyorquinos son los «ricos». Y entrecomillo ambos conceptos porque esta novela no pretende dar una imagen maniquea en la que todo sea blanco o negro; nada más lejos de la realidad. Como ocurre a menudo en el ciclo vital del ser humano, todo cambia, nada permanece; los pobres se enriquecen y los ricos se arruinan…
Jonathan y Jade nacen un doce de enero de 1835 en un pequeño pueblo del condado de Mayo, en Irlanda. Ese mismo día de ese mismo mes de ese mismo año, en Washington Square (Nueva York) nacen los mellizos Osborne. Aparentemente estas dos parejas no tienen nada en común; para colmo de males, los Wilde son católicos acérrimos y, en cambio, los Osborne pertenecen a la Iglesia Presbiteriana. Sin embargo están llamados a encontrarse y a ligar sus destinos por siempre jamás, como se espera de cualquier buena novela romántica con final feliz.
Describir a estos personajes no es tarea fácil ni siquiera hoy, cuando la novela está estructurada por completo; sé de donde vengo y a donde quiero ir, conozco el itinerario perfecto, trazado al compás de una música igualmente ideal, pero las descripciones no son lo mío y mis lectores lo saben. Al contrario que muchos autores pasados y presentes, yo no gasto páginas y páginas para describir el color de la hoja de un árbol. Sin embargo, voy a intentar ofreceros una imagen de nuestros protagonistas lo más cercana posible a la realidad que encontraréis entre las páginas de la novela.

DRAMATIS PERSONAE

JONATHAN WILDE: Rebelde, soñador y de espíritu aventurero; amante de los caballos y de los espacios abiertos y sin límites, no acepta normas ni disciplinas, ni consejos ni sermones. Moreno, de ojos verdes, aspecto pícaro y modales barriobajeros, llegará como polizón a Estados Unidos y acabará enriqueciéndose en las tierras vírgenes del Oeste americano y conquistando el corazón de Ravel Osborne.

JADE WILDE: Es el contrapunto perfecto de su hermano. Siempre toca de pies a tierra y diríase que la tristeza corre por sus venas cual si fuera sangre. Obligada a vivir con su tía Gertrude y a servirla en todo lo que disponga, su infancia y adolescencia vienen marcadas por la resignación y el sacrificio hasta que se cruza en su vida Owen Osborne, cuyo amor la transformará en una mujer felizmente irreconocible.

OWEN OSBORNE: El niño mimado de los Osborne es, en el fondo, un gran muchacho, con un gran ideal de la justicia y un deseo enfermizo de acercar posturas entre los favoritos de la fortuna y los desheredados de la tierra; amante de meterse en líos y broncas, y decidido a salvar al mundo de sí mismo, sufre un extraño complejo de Robin Hood que le conducirá irremediablemente a su Lady Marian particular, que no es otra que Jade Wilde.

RAVEL OSBORNE: Un capítulo de la novela la define a las mil maravillas: una excéntrica criatura. Obligada por su cuna a hacer un buen matrimonio con alguien de su misma posición social, es educada en Suiza, donde se espera que adquiera los modales y las ideas que corresponden al ideal de mujer victoriana. Sin embargo, Ravel sólo quiere una cosa: ejercer la medicina en un siglo y en una ciudad que no conciben a una mujer médico. De la mano de Jonathan Wilde recorrerá todo el territorio que se extiende desde Nueva York a California persiguiendo su más caro anhelo.